domingo, 28 de septiembre de 2008

Villa Mercedes- San Luis.- Argentina


Villa Mercedes- San Luis- Argentina-

Rastreando los lugares donde se produjo mi nacimiento, puedo narrar que mi primer día de vida transcurre en una casa quinta llamada “El Algarrobo”, dotada de una plantación de muchos árboles y espaciosa área. La tierra pródiga y generosa contenía gran variedad de semillas y era visitada por una gran cantidad de pájaros de diversos plumajes y especies.

Cerca del lugar había un establecimiento escolar al que concurrí desde los cuatro años.

Crecer, estudiar, vivir…En Primero, Segundo y Tercer grados, tuve la satisfacción de ser galardonado con la nota “Sobresaliente”. Esta noticia me la hicieron conocer con gran alegría, mis padres y los mismos maestros.

A los seis años ya había cursado esos grados de la primaria. Cómo ocurrió esa circunstancia, lo ignoro, pero así fue. Ya sabía andar a caballo en un animal manso. El nene ya había quedado atrás y en su lugar estaba el niño para seguir las directivas de sus mayores.

No ahorro la decisión de contar de contar sonriente, mis travesuras y las de otros niños, de la misma edad de la que tengo entonces en ese entonces, momentos que recuerdo frescos con la ternura y simpleza de la niñez.

Mis padres habían aceptado a un perrito cachorro, dándole el nombre de: Obediente.

Era mayor en meses, antes de mi nacimiento. El cochorro halló por bien ganar mi amistad y ambos crecíamos en estrecho contacto y entendimiento.

Cuando corríamos juntos y yo me caía, era común que le gritara: ¡Palá Omenente!-

Nos unieron muchas inocentes aventuras. Era el despertador. El día le proveía a mi compañero la iniciativa de gemir y proferir gruñidos en la puerta. Aquella invitación espantaba a cualquier otro pensamiento, ya que padecíamos las mismas inquietudes.

A pocos metros del blanco patio de nuestro hogar, se desprendía una doble fila de álamos. Y en medio de ésas dos hileras se deslizaba murmurante una acequia. la suave corriente besaba el tronco de los centenarios árboles.

Allí nos deteníamos, próximos a un atajadizo llamado compuerta. El lugar era propicio para que se reunieran miles de peces, algunos magnetizaban nuestra vista por el color y el tamaño.

Ese hermoso lugar que habitábamos tenía un atractivo más. La floración de los frutales, su agradable aroma y la plena belleza de su aspecto delicado. A ese entorno se le agregaba el zumbido de las abejas y los moscardones y el sonido de miles de pajaritos que desde el alba completaban el conjunto.

Todo era magnífico allí…, pero algo estaba por cambiar.

………………………..

Autor: Marcos Ortiz, de su obra “Relatos de Don Marcos”.

1 comentario:

roberto angel merlo dijo...

Felicitaciones Ada, por publicar el relato de tu padre. Las descripciónes que hace son como para "Ver" el lugar.
Un abrazo

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